Agenda Inteligente – De libertades y absurdos
Por Jessica Vega
Un día de tantos, comenté mis ideas y pensamientos a un grupo de amigos sobre un tema muy actual; por sus gestos supe que a quienes no les gustaron pero guardaron un respetuoso silencio, silencio que con los años aprendí a respetar y valorar.
Recordé mis años de preparatoria con sus interminables lecturas y discusiones de los clásicos que, confieso, no entendía para qué me iban a servir algún día; hoy, no solo lo sé, sino que lo vivo todo el tiempo y recordé una frase de un libro que es tan actual, tan dolorosa y tan obvia:
“Si la libertad significa algo, es el derecho de decirle a los demás lo que no quieren oír”, expresada por el escritor George Orwell en su afamado libro “La Rebelión en la granja” (muy actual ¿no?) con la cual pretendía defender su derecho a decir lo que él quisiera, pero habrá quienes piensen lo contrario y saben que están en su derecho.
La libertad es un concepto tan grande como apreciado y fue, quizá, Octavio Paz quien hizo la definición más breve y más efectiva para quien esto escribe: la libertad consiste, básicamente, en la posibilidad de decir “si” o decir “no”, porque no debemos olvidar que, en esta ocasión, hablábamos de la importancia de la tolerancia y de la corrección política, y es natural que la cortesía y los buenos modos también son importantes para superar una discusión que por momentos se torna medio incomoda.
El punto es: ¿hasta dónde el Estado puede meterse con la posibilidad de decidir de las personas? ¿Decidir es un principio de derecho individual o este debe estar supeditado a la colectividad, es decir, al Estado?
A nadie le gusta escuchar que está obeso y que si no se cuida se va enfermar y que sus cuidados van impactar de manera directa en un aumento de los gastos del sistema de salud que afecta a la colectividad y, entonces, regresamos al concepto dogmático de la libertad, siempre la libertad, de decidir, de ser, de estar del individuo y caer, nuevamente, en esa lucha eterna individuo – colectividad.
El ciudadano versus el Estado.
En estos momentos se preguntarán ¿por qué era la discusión? Es por la postura de algunos estados que impulsan iniciativas para prohibir la comida chatarra sin considerar, por un lado, la educación y hábitos de las personas, atacando solo el efecto y buscando reflectores; es decir, un discurso retórico que impulsa la emoción de la masa y no necesariamente la razón.
En esos términos estábamos cuando empezaron las comparaciones y, ahí, todo se volvió caos sobre el caos.
El absurdo, entonces llegó como invitado principal, ya que alguien afirmó que vivimos en un país que prohíbe las papas fritas, caramelos, gomitas y pastelillos pero busca legalizar la marihuana con un discurso que se dice incluyente, moderno y muy actual en el mundo entero.
En ese momento, la frase de Orwell cambió de destinatario, ahora le decíamos al Estado lo que no quería escuchar, porque además llegamos al extremo de pensar que el cumplimento de la ley era selectivo, que la ley está dominada por el ejercicio de la política y que siempre se aplica a rajatabla a quienes no pueden económicamente defenderse, ¿ven porque decía sobre el caos?
Así pasamos un largo debate: la libertad, la cortesía, el derecho, la ley, reconfortados porque alguien recordó la Ley Seca estadounidense de principios del siglo pasado y cómo terminó esa experiencia. Así, la discusión terminó con un saludo fraterno y constante.
Al final, como un homenaje al maestro poblano, Armando List Arzubide, y su muy mexicano estridentismo, nos despedimos gritando un sonoro: “que viva el mole con guajolote, el tequila de Jalisco y las carnitas de Pátzcuaro”, cuando menos hasta que nos los prohíban.
Y para terminar, otra vez Orwell, recuerden que todos somos iguales pero unos más iguales que otros…
¡Hasta la próxima!
Jessica Vega
@jessyvega81
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